jueves, 7 de enero de 2010

ERRARE HUMANUM EST



Decía el bueno de Marco Anneo Séneca que equivocarse era algo humano. De esta afirmación se puede derivar el siguiente silogismo:

*La traducción es una actividad humana (en este punto quiero pedir disculpas a los enamorados y próceres de la traducción automática),

*Errar es humano,

*Luego, traducir supone errar.

Evidentemente, el silogismo podría tacharse de simplista. Sin embargo, todo aquel que haya tenido un contacto, más o menos directo, con la traducción profesional se habrá dado cuenta de que, se quiera o no, el error parece consubstancial a la propia actividad traductora y, aunque resulte provocador o atrevido decirlo, tal vez, haya que buscar la esencia de la traducción en la existencia, latente o patente, de errores. Dicho de otro modo, el error es lo que “humaniza” la traducción, independientemente de su gravedad. Conviene, pues, en este punto no confundir causa y consecuencia. Ni que decir tiene que, desde una perspectiva docente, el error es muy positivo. Sin errores, no habría adquisición. Por tal motivo, conviene no estigmatizar aquello que, en realidad, es un motor de aprendizaje.
La comisión de errores al traducir (o interpretar) es un hecho común. Por ello, existe una práctica tan habitual como la revisión y, por tal motivo, se ha aprobado igualmente una norma europea de calidad para servicios de traducción. Es la cada vez más conocida EN-15038. Por todo lo hasta aquí comentado, huelga decir que la perfección en traducción es un anhelo, sin duda lícito, pero no por ello menos quimérico. ¿Qué traductor, profesional o novicio, no ha cometido jamás un error? ¿No fue un supuesto contrasentido en la traducción de una de las obras de Platón lo que hizo que se tachara de hereje al mismísimo Etienne Dolet y que, en última instancia, se le condenara a morir quemado en la hoguera en tiempos renacentistas?



¿Y qué decir de la gran conmoción que causó la traducción incorrecta al inglés de los canali que el astrónomo italiano Giuseppe Schiaparelli dijo haber observado en la superficie del planeta Marte en 1877? Efectivamente, al traducir el pensamiento de Schiaparelli del italiano al inglés, se empleó el término canals, en lugar de channels. Canals, en inglés, es el término que se suele utilizar para referirse a canales de origen artificial (frente a channels que designa canales de origen natural). Este pequeño desliz hacía suponer o imaginar la presencia de vida inteligente en el Planeta Rojo. Tanta repercusión tuvo este error de traducción que a H.G. Wells le inspiró para escribir en 1898 su célebre Guerra de los mundos, la cual sería difundida en emisión radiofónica por Orson Welles (1938) y llevada posteriormente al cine en dos ocasiones (en 1953 y en 2005, obra, ésta última, de Steven Spielberg).

Sin embargo, a lo largo de la historia, no todos los errores de traducción han resultado tan “graciosos” o “intrascendentes”. ¿Cómo obviar, por ejemplo, uno de los errores de traducción que peores consecuencias ha tenido para la humanidad, pues, no fue la mala interpretación del sentido de una palabra clave japonesa lo que se erigió en detonante del lanzamiento de la bomba de Hiroshima? Al parecer, tras la Conferencia de Potsdam, se envió un ultimátum al gobierno japonés, en el que se le exigía la rendición. Los japoneses redactaron un documento de respuesta a tal petición en la que se incluía el verbo japonés mokusatsu que se tradujo al inglés por ignore. Como es bien sabido, el verbo ignore se puede entender como “no saber algo” o como “hacer caso omiso de algo o alguien”. Probablemente, los japoneses quisieron decir que no sabían muy bien qué hacer en aquella situación tan tensa, pero, a la luz de la historia, parece que Estados Unidos entendió que Japón hacía caso omiso a la solicitud americana.

Mucho más recientemente, en concreto en octubre de 2007, otro error de traducción (o, en este caso y para ser más exactos, de interpretación simultánea) volvió a suscitar la polémica y estuvo a punto de originar un nuevo conflicto internacional.

Efectivamente, un error hizo que se malinterpretaran las palabras de un diplomático sirio en la ONU en el marco de una reunión de la Comisión de desarme de la Asamblea General. Por el efecto de dicho error, el diplomático reconocía implícitamente que Siria poseía un elaborado programa militar (nuclear) y que la acción emprendida por el ejército del aire israelí en su país había tenido como objetivo bombardear un reactor nuclear. El diplomático había dicho: “Israel es el cuarto exportador de armas del mundo (…), viola el espacio aéreo de Estados soberanos y lleva a cabo agresiones militares contra ellos, como la que sufrió mi país el pasado 6 de septiembre”. La interpretación conflictiva decía: “El pasado 6 de septiembre, Israel violó el espacio aéreo de mi país y bombardeó uno de nuestros reactores nucleares”. Finalmente, se necesitó una semana para volver a escuchar y analizar lo que el intérprete quiso decir y lo que realmente dijo para restablecer la verdad y conseguir que la situación se calmara y las aguas volvieran a su cauce.

Podría seguir dando ejemplos de errores de traducción y de interpretación pero ello podría suscitar en el lector la impresión contraria de la que, en realidad, pretendo. La redacción de este apunte no tiene otro objetivo que la de poner de relieve una actividad humana que, se diga lo que se diga, va muchísimo más allá de la mera transposición maquinal de palabras de un idioma a otro. El traductor no es infalible, pero ¿qué profesional lo es? Otra cuestión bien diferente es que la cantidad de errores que cometemos cada día pasen inadvertidos por no tener mayores consecuencias sobre nuestras vidas, lo cual no niega, en modo alguno, su existencia. En definitiva, el error se reconoce como tal por causar una serie de efectos diferentes a los esperados. Sin embargo, conviene recordar que gracias a ciertos errores el mundo es hoy, para lo bueno y para lo malo, lo que es. Efectivamente, sería maravilloso que cada vez que nos equivocamos descubriéramos América, pero eso pasa en contadísimas ocasiones.

Concluyo. Los adjetivos “bueno” y “malo” para una traducción suscitan en mi una cierta reticencia. Sobre todo, porque son adjetivos utilizados con mucha frecuencia por gente que jamás ha tenido un contacto real, entiéndase en este caso, profesional, con la traducción. No es un rasgo distintivo de una traducción el ser buena y, muchísimo menos, mala (evidentemente, hablo de traducciones realizadas por profesionales, con una serie de competencias probadas y no por “aprendices de brujo”). Simplemente, una traducción funciona o no en un espacio y en un tiempo determinados y teniendo en cuenta una serie de factores bien concretos. De ahí que exista la retraducción. Quedémonos con la idea de que el mundo en el que vivimos en un mundo traducido. La traducción configura la realidad, así como la realidad configura la traducción. Si la traducción no existiera, nuestro nivel de progreso, a todos los niveles, sería, a buen seguro, muy inferior. Demos un último ejemplo. Si la traducción no se hubiera dado en la cantidad y calidad que se dio en la Península Ibérica durante toda la Edad Media, probablemente el castellano no se encontraría en el nivel de desarrollo y popularidad en el que se encuentra hoy, gracias, sobre todo, a la figura del rey Alfonso X el Sabio y de una serie de traductores medievales. Pero esta es ya otra historia que, si os interesa, os puedo contar en un próximo apunte.